mércores, 19 de setembro de 2018

Cruzando fronteras: Peneda-Gerês

Para haber vivido más de la mitad de mi vida cerca de la frontera con Portugal (Huelva primero y Vigo después), debo reconocer que se muy poco de este país. Quizás sea por prejuicios, pero tengo la sensación de que llevo toda la vida infravalorándolo, y la mejor prueba de ello es que, hasta este mes de Mayo, ni me había planteado cómo tenían el asunto de los Espacios Naturales Protegidos. Esto cambió -ligera, muy ligeramente- cuando, hablando con Alejandro del Moral en la Ornitocyl, me contó que habían visitado los Parques de la Península. Al contarlos, noté que me sobraba uno, y me aclaró que el último era el portugués. Ajá, así que Portugal tiene un sólo Parque Nacional. Aquí podría haberse quedado el asunto, porque la verdad es que no miré más. Portugal es un país largo y yo vivo en un extremo, así que no era particularmente prioritario. Pero, poco después, mis padres -que me quieren, sin que yo sepa muy bien por qué- vinieron de visita, y a mi madre se le antojó ir a Portugal y comer bacalao, así que cogí Google Maps y empecé a ver donde podíamos ir. En ese momento, el Parque Nacional de Peneda-Gerês apareció ante mis ojos... y resulta que está bastante cerca. Tanto, de hecho, que forma una Reserva de la Biosfera Trasfronteriza con el Parque Natural da Serra do Xurés -Gerês, Xurés, las señales estaban ahí, pero a veces soy un poco lento-, y la entrada estaba bastante cerca de Melgaço. Resulta que tengo el Parque Nacional portugués a un salto y no lo sabía. Bravo por Lume. Contento ante el revolucionario descubrimiento, lo incluí en mis planes de verano y, un día de Julio, cruzamos el Miño rumbo a la aventura.


El corzo es el emblema del Parque Nacional de Peneda-Gerês.

Voy a empezar ubicando las cosas. Galicia y Portugal tienen una frontera natural, la raia. El tramo occidental lo marca el Miño, la raia húmida, y el oriental los montes, la raia seca. De esta última, la zona más conocida es, probablemente, la Serra do Xurés, al sur de Ourense, desde donde parten varios caminos que cruzan los montes por las llamadas portas. Si la palabra puerto -de montaña, entiéndase- deriva de puerta, si es un juego de palabras o si es mera casualidad es algo que ignoro. Estas portas fueron, durante siglos, puntos de paso de contrabando entre Portugal y Galicia y, en la actualidad, se hacen esfuerzos para recuperar la memoria de esa historia compartida. Al otro lado de las portas encontramos las cuatro sierras que conforman el Parque Nacional: Peneda, Soajo, Amarela y Gerês. Cada una de estas sierras tiene sus particularidades, como pudimos comprobar, pero todas ellas se consideran Alta Montaña Mediterránea. El ejemplo, a priori, más próximo, sería Monfragüe,y no son pocas las similitudes que encontramos entre estos dos Parques. Para finalizar esta introducción, añadiré unos últimos detalles para terminar de situarnos. Portugal sólo tiene este Parque Nacional, que se declaró en 1970 -es decir, durante la dictadura, regida por Caetano en ese momento-, pero es un Parque enorme. Un vistazo al mapa nos deja claro que España y Portugal son dos Estados con formas diferentes de ver las cosas: mientras que los ENPs en el primero son como salpicaduras (muchos y no demasiado grandes, en general), el segundo tiene menos espacios, pero mucho más grandes. Incluso los Parques Naturales (que son nueve) tienen un tamaño bastante mayor de lo que estamos acostumbrados. Esta forma de organizar el espacio marca enormemente cómo se protege el mismo, y es la causa de la mayor parte de las diferencias que un lego puede encontrar, simplemente, recorriendo el Parque. En esta visita, recorrimos las Serras de Peneda, Soajo y Amarela, así como un trocito de la de Gerês.


Las montañas tipo cuchillo son típicas de la Serra de Peneda.

Quizás lo primero que reseñar de este Parque es que no parece diseñado para el tipo de visita que teníamos en mente. Estamos muy (mal) acostumbrados a cosas como los apartaderos, incluso en las carreteras más pequeñas de la red. Resultaba, de hecho, muy llamativo el cambio al pasar a Ourense, donde estos reaparecían. Mi primera conclusión, por tanto, es que se trata de un Parque en el que lo óptimo es preparar visitas más puntuales que generales, ir a tiro hecho a hacer algo concreto. Lo segundo es que, en algunas zonas, no tienes la sensación de estar en un Parque Nacional. Las estructuras humanas posteriores a la declaración, que no son pocas, nos cuentan que el modelo de protección es menos estricto allí. Es algo que tiene bastante sentido, en realidad, partiendo de lo antes mencionado: Portugal protege áreas mucho mayores y, si la protección en las mismas fuese mayor, esas zonas sufrirían económicamente. Esto nos genera un conflicto sobre el que pensé, y no poco, desde la visita: ¿es preferible proteger menos estrictamente un área mayor, o ser más duro con áreas menores?¿Es más efectivo mantener corredores y espacios mayores conservándolos menos, o se pueden sacrificar estos en pro de una conservación más estricta? A pesar de estos pensamientos, hay que reconocer que Peneda-Gerês no es una zona particularmente impactada, y que esta huella humana se circunscribe, sobre todo, al pie de monte. 


Caballos semisalvajes en Gerês.

La razón de que este impacto no sea mayor en muchas zonas del Parque viene de la mano con su primer atractivo: el paisaje. Aunque muchas veces asimilamos el paisaje granítico a formas redondeadas -los domos plutónicos-, lo cierto es que muchas veces producen formas salvajes. Nuestra primera parada, Castro Laboreiro, en Peneda, fue buena prueba de ello. Aunque lejos de las imágenes de los montes calizos, lo escarpado de estas montañas es llamativo y, desde luego, es una razón más que válida para la falta de impacto en la zona. Los paisajes de las sierras de Peneda, Amarela y Gerês son auténticamente espectaculares. Tanto, de hecho, que desmerecen bastante a la Serra de Soajo. Aunque no dudo de  que tiene lugares preciosos y un gran valor natural, sus formas, mucho más suaves, son un pequeño bajón. El recorrido que hicimos (un zig zag cruzando a Ourense) nos llevó por carreteras de montaña preciosas, a media ladera, con los valles desplomándose a nuestro lado. Si los paisajes os llaman -para verlos o para fotografiarlos-, estas rutas, y muy especialmente la que va de Entre-Ambos-os-Ríos y Ponte, son vuestro lugar.


Valles verticales de Serra Amarela.

Por la orografía de la zona, Peneda-Gerês mantiene algunas zonas especialmente pintorescas. Aunque lo habitual es que las zonas protegidas se encuentren en el medio rural, no es menos cierto que el medio rural, hoy día, tiene poco que ver con el de hace cien años. Pero este Parque es especial en este sentido también. En algunos pueblos perdidos entre sus montes -como Germil-, podemos ver aún los ropajes típicos usados de modo cotidiano, especialmente en mujeres mayores, que visten de riguroso luto, con pañuelos negros en la cabeza. También en esta zona (entre Amarela y Gerês) podemos encontrar ejemplos de la ganadería local, representada en la raza vacuna Barrosã, presente también a este ladode la frontera (donde se la conoce como Cachena). Esta raza, bastante primitiva y muy rústica, aprovecha mejor que otras los recursos de una zona bastante dura. Esta región comparte también con Galicia la ganadería equina, con manadas de caballos semisalvajes libres por la carretera el monte.


Los cuernos de las vacas de raza barrosã denotan lo antiguo de la misma.

Si hay algo que nos falló en esta visita, fue la fauna salvaje, aunque no debería haber sido así, aunque tampoco contábamos con ver algunas de las especies más emblemáticas del Parque, como el corzo (enseña del Parque) o el lobo, es cierto. Este último es un recolonizador reciente, después de ser exterminado de la zona, donde dejó su huella en forma de los conocidos como fosos de lobo, estructuras humanas pensadas para atraparlos. Los que pudimos ver estaban formados por dos muros convergentes, hacia los que se batía a las manadas, que terminaban en un desnivel -el foso, propiamente dicho-, por el que caían y en el que se les remataba. Protegido ahora, el lobo vuelve a estas sierras, pero aún en un número escaso. Algo más fáciles de ver deberían haber sido las rapaces, uno de los atractivos más publicitados del Parque. De hecho, en el Centro de Visitantes del vecino Parque Natural da Serra do Xurés, en Lobios, se sorprendieron de la falta de avistamientos, porque son uno de sus reclamos más fiables. Unos días antes, nos contaban, habían visto águilas reales, sin ir más lejos, pero ese día no hubo suerte. Un tábano y una corneja constituyen la totalidad de fauna salvaje que fuimos capaces de encontrar.




En conjunto, fue una visita extraña. Algunos aspectos nos sorprendieron muy gratamente, mientras que otros nos dejaron con mal sabor de boca. Para mí, personalmente, que los paisajes me gustan para verlos y la fauna para fotografiarla, no fue una gran visita. Por supuesto, la disfruté, pero siento que no la aproveché como podría haberlo hecho. También me permitió conocer un Parque con el que no contaba y ver de primera mano las diferencias que pueden tener incluso dos Estados tan próximos y semejantes como Portugal y España en lo referente a la protección de la naturaleza, así que no puedo decir que fuese una visita improductiva. Finalmente, hubo cosas que me dejé en el tintero -la mitad sur del Gerês, fotografiar Gemiral con calma...-, aparte de las cosas que deberíamos haber visto y no vimos, de modo que volveré pronto. Por suerte, y teniendo en cuenta lo cerca que está de nuestra base de operaciones, eso sucederá pronto.




Despedimos Portugal desde el Embalse del Río Homem.

domingo, 9 de setembro de 2018

Naturaleza doméstica.

Me decía hace poco uno de mis escasos y apreciados seguidores que ya pensaba que había abandonado este proyecto. Nada más lejos de mi intención, aunque la verdad es que motivos tenía para pensarlo. Este verano, entre trabajo, una operación menor pero molesta y las últimas boqueadas de mi agonizante ordenador, no tuve el tiempo que hubiese querido dedicarle a esto. Sobre todo, siendo claros, porque no me apetecía nada editar fotos. Pero nada de nada. Tengo, de hecho, una entrada a medio hacer, y otro par esbozadas al momento de escribir estas líneas, pero hoy me decidí por uno de esos temas en los que pienso de vez en cuando: la naturaleza doméstica.


La gaviota patiamarilla (Larus michaelis) se adapta al ser humano con gran facilidad.

Vivimos en una sociedad que utiliza con alegre despreocupación la palabra salvaje. Es culpa del Romanticismo, en realidad, una época a la que debemos muchas cosas -no olvidemos que la protección de la naturaleza, tal y como la entendemos a día de hoy, nació en con este movimiento- y que, como contrapeso, nos dejó algunos lastres. Este, en concreto, viene de mezclar en el mismo almirez dos conceptos que conviven bastante mal: el disfrute de la naturaleza y la preservación de la misma en su estado original. Porque, como sucede en el famoso Principio de Incertidumbre, que establece que se puede conocer la posición o la velocidad de un electrón, pero no las dos a la vez, podemos disfrutar de la naturaleza o preservarla en su estado original, pero no hacer ambas cosas. La mera presencia humana, aunque sea en un grado mínimo y en forma de visitantes responsables y habilidosos, cambia la naturaleza. El Romanticismo llamaba a encontrarse con la naturaleza salvaje, y para ello había que llegar a esta. Cuando, en 1864, se declaró el Parque Estatal de Yosemite -el origen del concepto moderno de Parque Nacional-, las palabras usadas fueron "deberá ser conservado para el uso, descanso y disfrute públicos, y serán inalienables por todos los tiempos"[1]. Desde el primer momento, nuestro afán proteccionista está marcado por un impulso egoísta: queremos naturaleza, pero la queremos para disfrutarla nosotros. ¿Es esto malo, per se? No tengo una opinión firme a este respecto, la verdad. Pero, si tiramos hacia atrás de este hilo, encontramos un problema: conservamos la naturaleza para visitarla, al visitar la naturaleza la alteramos y, al alterarla, deja de ser salvaje.


Este petirrojo (Erithacus rubecula) vive junto a un sendero en Bré, Irlanda.
La confianza que demostraba era impactante.

La primera vez que pensé acerca de esto fue en Irlanda cuando, con un lapso de dos meses, encontré al mismo petirrojo en el mismo sitio y a una distancia -suficiente para que el teleobjetivo se negase a enfocar- insultante para la selección natural. Sin embargo acuñé -y estoy seguro de que no soy el primero al que se le ocurre, porque soy ocurrente pero esta no es mi opera magna- el término naturaleza doméstica esta primavera, en Picos de Europa. Fue, concretamente, en Fuente Dé, que es uno de los puntos calientes del Parque y una de sus entradas más clásicas. Su teleférico es, probablemente, uno de los elementos más reconocibles de toda la Red, de hecho, y sube a cientos de personas cada día al Alto del Cable, desde donde se aprecian unas vistas espectaculares y desde donde salen algunos itinerarios sencillos de bajada. Para nuestra desgracia, aunque llegamos pronto -en previsión de aglomeraciones de gente-, nos quedamos con cara de idiotas al enterarnos de que tres metros de nieve tenían bloqueado el teleférico en su parte superior. Mientras los esforzados trabajadores del mismo retiraban la nieve (descolgándose y con palas en el Alto, eso es una profesión de riesgo y lo demás son tonterías), nosotros nos dedicamos a brujulear por abajo, mirar aludes y maldecir la nieve. En esas estaba yo por el aparcamiento cuando apareció un arrendajo. Vaya vulgaridad, ¿no? Bueno, los arrendajos son una de esas especies que disfrutan poniéndomelo difícil, y justo una semana antes una bandada se había estado riendo de mí en Vigo, así que les tenía algo de rabia. Pero este arrendajo no desaparecía, se limitaba a alejarse. Estoy seguro de que entendéis a qué me refiero, es el mismo comportamiento que desarrollan gorriones o palomas en las ciudades. No se dejaba acercar demasiado, pero estaba claro que no me tenía miedo. Ni a mí ni a otras personas. Ese arrendajo vivía en el parking, y dedicaba el tiempo a buscar restos de comida de los visitantes.


Este arrendajo (Garrulus glandarius) vive de los restos en parking de Fuente Dé.

Finalmente, pudimos subir y, nada más llegar, la historia se repitió. En esta ocasión, fueron chovas piquigualdas (Pyrrhocorax graculus) las protagonistas. La primera me sorprendió -¡Oh, mira, qué cerca, qué simpática!-, pero de pronto me di cuenta de que, como el arrendajo, aquellas chovas vivían de los turistas. De nosotros. Aunque no era, ni de lejos, un día con muchos visitantes, la bandada revoloteaba a nuestro alrededor, buscando -y consiguiendo- comida fácil. Estaba claro que aquello era lo normal. La verdad es que no debería sorprenderme. Muchas aves se adaptan con facilidad a la presencia humana y obtienen ventajas de la convivencia, y los córvidos tienen fama de ser especialmente listos. Por eso los hides con cebo funcionan tan bien, claro, tanto los de bebedero como los muladares: pones algo que las aves quieren, comida o bebida, y ellas bajan y te dejan unas vistas envidiables. Es la clave de su popularidad, por otro lado. Pero, ¿podemos hablar de naturaleza salvaje? ¿No vamos desplazándonos, acaso, hacia una naturaleza cada vez más doméstica?


La nieve molestó más a las chovas piquigualdas (Pyrrhocorax graculus) 
que a nosotros, por la bajada de visitantes que supuso. Aún así, insistían.

Pero no sólo los animales se ven afectados. Hay quien espera -vaya usté a saber por qué- que el campo sea cómodo. Gente que se queja de incomodidad porque no puede visitar un Parque de alta montaña con un calzado inapropiado (tacones y converse en un Picos nevado, ¿qué le pasa a la gente por la cabeza?). O de que Aigüestortes no es accesible con un carrito de bebé. O de tantas otras cosas. Nunca me cansaré de decir que la naturaleza no se adapta a nosotros, sino al revés. Si caminas con zapatillas de tela por la nieve, se te mojarán los pies y, a lo mejor (sólo a lo mejor), un itinerario de montaña no es el lugar para llevar a un bebé. A pesar de ello, estas actitudes calan, y llegan a los gestores, que hacen por mejorar la accesibilidad. Y, cuanto más caminamos en esa dirección, cuando más llenamos nuestra naturaleza de caminos, carreteras, parkings -lo habitual-, restaurantes, baños públicos, accesos sencillos -algo menos habitual- y demás, más modificamos estos entornos. ¿Qué tiene hoy que ver recorrer Picos de Europa, por poner un ejemplo claro, con lo que fue recorrerlo para Pidal, hace cien años? La respuesta es nada, y eso que la mayor parte del Parque no es accesible. Hemos llevado la conservación para el disfrute público como bandera durante más de un siglo, y aquí nos deja, ante una naturaleza que no es salvaje, porque ya la hemos domesticado.


Los senderos de tablas son una imagen habitual en nuestros espacios naturales.

A estas alturas de entrada, me siento como un viejete gruñón gritándole a las nubes, y probablemente el lector así me está viendo. No es así, esta vez, al menos, ya dije antes que no tengo una opinión firme a este respecto. Es cierto que no miro con buenos ojos la masificación de los Espacios Naturales, y este mismo verano agité mi puño hacia las nubes con artículos como el de las masificaciones en el Aneto o las denuncias por incumplimiento de los cupos en Ons. Pero no es ese el tema de la entrada. Incluso una presión turística  aceptable, con un cupo de visitantes basado honestamente en datos científico-técnicos, no cambiaría el asunto de fondo de esta entrada. La naturaleza, tal y como la concebimos, tal y como la vivimos, no es salvaje. ¿Es eso malo?¿Es bueno? No estoy seguro de que exista eso del bien. O el mal. Sólo hay lugares en los que estar.[2]



Aún podemos observar grandes necrófagas, como el buitre leonado (Gyps fulvus)
 sin ayuda en lugares como Monfragüe.

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[1]: "...that the premises shall be held for public use, resort, and recreation; shall be inalienable for all time." Yosemite Grant Act, 1864.
[2]: "I am not sure there is such a thing as right. Or wrong. Just places to stand" Terry Pratchett, El Segador.

martes, 7 de agosto de 2018

De nadie, de todos.

Hace unos catorce años, nuestra flamante Vicepresidenta, Carmen Calvo, pronunció unas palabras que, a día de hoy, siguen persiguiéndola: el dinero público no es de nadie. Entiendo que lo que la señora Calvo pretendía decir es que nadie podía arrogarse la propiedad exclusiva del mismo y que la lengua le jugó una mala pasada. No pretendo juzgar a Carmen Calvo, cuya relación con el tema de este blog es escasita, pero la anécdota me parece interesante para introducir un tema que tiene más fondo del que parece: los conceptos de nadie y de todos.



Las barnaclas carinegras (Branta bernicla) aparecen a cientos en 
Merrion Strand, al sur de Dublín.

Esta historia empieza hace unos meses, con la publicación del Plan Rector de Uso y Gestión -documento que regula qué y cómo se puede hacer en un Parque Nacional - de Illas Atlánticas. Non era sen tempo, vaya, que el Parque lleva 16 años declarado. Aunque no soy un experto, se que tuvo muchísimos problemas, más de los habituales, que no son pocos. Un PRUG debe poner de acuerdo a los agentes sociales y económicos del Parque, y eso no es fácil, en general, pero en Galicia menos. Aunque el documento fue muy criticado (creo que la fase de alegaciones está siendo calentita), y me parece correcto que así sea, tampoco vengo hoy a hablar de esa norma. Tampoco de la paralización de la ampliación del Parque Nacional de Cabrera, ni del estancamiento de la declaración de Mar de las Calmas, aunque también tienen su aquel. Estos temas fueron, eso sí, uno de los detonantes de una conversación relevante con Estéfano, que es uno de esos amigos que caen en la categoría de mis abogados. Relevante para mí, vaya. ¿Por qué -le preguntaba-  es más difícil legislar y restringir sobre el mar que sobre la tierra, si la tierra tiene propietarios particulares y el mar es competencia del Estado?



El PNMT de Illas Atlánticas se enfrenta a grandes problemas 
por lo arraigado de la marinería en su zona.

Era una pregunta legítima y, considero, lógica. Lo aprendido en la carrera respaldaba mi duda. Yo no sabía si, realmente, era más difícil legislar en el mar, pero sí creía apreciar una cierta dificultad a la hora de hacerlo, sin ser capaz de entender por qué. Estéfano me explicó entonces algo que, quizás, deberían haberme explicado en la carrera, por sencillo y por importante. No es que el mar no sea de nadie, es que el mar es de todos. Es cierto que, cuando alguien legisla o restringe en tierra, lo hace (generalmente) sobre propiedad privada. Eso lo hace fácil. Porque, cuando limitas el uso de algo, lo expropias o haces algo similar, debes indemnizar a aquel al que perjudicas. Puede que no siempre acorde a lo que el dueño quisiera, pero lo haces. Cuando hablas de propiedades privadas, tienes una lista de a quién pertenece qué finca, calculas cuánto le afecta y cuánto debes indemnizar. La cosa se complica cuando pasas a cosas que la gente usa libremente: pastos comunales, cañadas, en fin, estructuras de libre acceso, en las cuales tienes que averiguar primero quién las usa y para qué. Resulta -y el concepto lo conocía, aunque no lo aplicara- que el mero hecho de hacer algo a lo largo del tiempo lo convierte en un derecho. El famoso aquí de tó la vía  se ha... Si yo llevo cincuenta años llevando mis ovejas por esta cañada, tú no puedes prohibirme hacerlo sin más, debes compensarme. En tierra, estas estructuras son relativamente menos abundantes. En el mar son... bueno, todo el mar. Como el mar no es de nadie, el mar es de todos, y la cantidad (y, en ocasiones, complejidad) de los usos que se le dan complican mucho las cosas.


Una gaviota reidora (Chroicocephalus ridibundus) chilla a una señora anónima.

Bajo a la calle y, en el hueco que hay al lado de mi edificio, veo una franjita de ría. Con un vistazo puedo distinguir unas diez actividades diferentes, sin pensarlo mucho. ¿Cuánta gente vive, directa o indirectamente, del mar en la Ría de Vigo? Pescadores, mariscadoras, navieras, buques de transporte, de turismo, buzos... la lista es enorme. Y, de pronto, marcamos un trapecio de agua y, ahí dentro, limitamos lo que se puede y no se puede hacer. ¿Sabemos cuánta gente tiene derechos adquiridos en ese trapecio, cuales son, cómo los ejercen y cuánto tendremos que compensar? Resulta complejo sobre el papel, antes incluso de llegar a pie de calle, donde siempre encontraremos más problemas y airadas protestas, porque estamos jugando con el pan de sus hijos. Esos problemas y ese argumento, por cierto, nunca desaparecerán, aunque el Parque cumpla cien años.


El cormorán grande (Phalacrocorax carbo) es protagonista de un amargo
 conflicto con acuicultores y pescadores.


Esta, claro, es la razón -una de las razones- por la que la gestión de Illas Atlánticas es tan complicada. También de que el proyecto de Mar de las Calmas esté tardando. Y, sobre todo, es la razón por la que la queja de pescadores andaluces esté dando tantísimos problemas para la ampliación de Cabrera. Cada acción, cada decisión sobre el mar, requiere una batalla, sangre, sudor y lágrimas. Hace poco comentaba, durante un curso de mediación en programas de recuperación de especies amenazadas del que ya os hablaré, que uno de los problemas que veía es que asumimos que todos remamos en la misma dirección, aunque discrepemos de cómo debemos remar, pero que en muchas ocasiones eso es, directamente, mentira, que en muchos ámbitos las partes del conflicto (porque no se puede denominar de otro modo) no comparten objetivos ni quieren una resolución real del mismo. Y, al final, el perjuicio es, cómo no, para lo de todos.


La intensidad de uso de la costa mediterránea dificulta enormemente su gestión.

Y, ahora, ¿qué hacemos? Me gustaría tener una solución, como estoy seguro de que le encantaría a tanta gente. Ahí es donde radica el problema, precisamente, en la inexistencia de una solución. Las cosas, como sucede tan a menudo, no son como nos gustarían, sino como son. Los cambios acaban viniendo de a pocos, en base a un trabajo intenso, no sólo en lo que es la propia gestión, sino también en concienciación. En conseguir, en definitiva, que los diversos actores a los que no puedes ignorar en un proceso sobre el medio marino, al menos, estén dispuestos a asumir ciertos postulados como propios. Para bien o para mal, la ley nos ata las manos.


Meto esta foto porque me encanta, sin más. Dos gaviotas patiamarillas (Larus michaelis) 
peleando sobre el Peirao de Ons.

domingo, 10 de xuño de 2018

Una semana movida - Tablas de Daimiel

Laguna permanente, desde Molemocho.

Tercera y última entrada sobre la paliza que me pegué esta Semana Santa, ya un poco achuchado por la siguiente tanda de Parques que pretendo visitar. No quería dejarlo en el tintero porque los posts de viajes, o se escriben, o se olvidan, y prefiero dejar apañáo Tablas antes de volver a Picos y recuperar las cosas que me dejé guardadas. Como puede que recordéis de entradas anteriores - o de Instagram si venís de ahí -, esta Semana Santa realicé un viaje maratoniano que me llevó a Guadarrama, Picos de Europa y Tablas de Daimiel en menos de diez días. Hoy os hablaré de la última de estas visitas y os introduciré un poco el que es uno de los Parques más singulares de la Red.

Una Cerceta común (Anas crecca) nada tranquila en la Laguna de Aclimatación.

En la Mancha Húmeda, se denomina tablas a unas lagunas de inundación fluvial de poca profundidad. Son estas lagunas -y no los senderos de tablas de madera, como algunos creen erróneamente- las que dan nombre a este Parque Nacional. Ubicado entre Daimiel y Villarrubia de los Ojos, en Ciudad Real, Tablas se forma alrededor de la unión de los ríos Guadiana (no muy lejos de los Ojos) y Gigüela, en un sistema fluvial francamente complejo: el Guadiana lleva agua dulce y el Gigüela la lleva salobre, la permeabilidad de los cauces de ambos ríos es diferente, por lo que el Gigüela corre con retraso, los manaderos dependen de un sistema de acuíferos que descubrimos hace relativamente poco que no funcionaba como creíamos... y así un largo etcétera de peculiaridades. De hecho, su propia declaración se hizo a contracorriente, en una época en la que las marismas y lagunas eran consideradas ambientes insalubres, y su principal objetivo fue paralizar su desecación, ya comenzada, para evitar que corriesen la misma suerte que otros ecosistemas similares (Tablas de Villarta de San Juan, Arenas de San Juan o Junta de los Ríos). A pesar del daño causado por aquellas ideas, Tablas se encuadra dentro de un conjunto mayor -la Mancha Húmeda, arriba mencionada, declarada Reserva de la Biosfera-, aunque sólo esta zona es Parque Nacional, por algún motivo. Es, de hecho, el Parque más pequeño, y sólo una ínfima porción del mismo es visitable. El resto es agua. Y es el agua la clave ecológica de este espacio y el ambiente que atrae a la avifauna, emblema y causa de su protección.


Bisbita alpino (Anthus spinoletta). Tablas es un refugio para aves en migración.

Pero Tablas no es sólo pequeño y peculiar. También es un Parque delicado y cercado de problemas. Mencionaba hace poco que, para mí, la palabra "Tablas" solía estar precedida por un "Que mal está". Las últimas sequías se han cebado particularmente con este Parque, favorecidas por una agricultura irresponsable y, en muchos casos, al margen de la ley. Y, como bien dice mi padre, que no en vano trabajó durante años en este Parque, Tablas es agua, y sin agua no es nada. Cuando no corren el Guadiana ni el Gigüela - algo que sucede naturalmente, pero que contribuimos a empeorar-, efectivamente, Tablas queda vacía de contenido. En una de las últimas sequías, a mayores, se declaró un incendio de turba que, aparte de francamente peligroso, ponía en peligro la recuperación del ecosistema cuando volviesen las lluvias. También de la aparición de especies alóctonas -una de las grandes amenazas de nuestros Parques - tiene su ración Tablas. Que yo sepa -incido especialmente en estas tres palabras-, sólo se llegó a plantear en algún momento retirar la categoría de Parque Nacional a uno, y fue a éste. Y, de nuevo que yo sepa, esto sucedió dos veces. Hasta qué punto podemos, por irresponsabilidad medioambiental, empujar un sitio que, en teoría, estamos protegiendo con la figura de protección más elevada del Estado, hasta un punto en que no sea digno de dicha protección es algo que me resulta clave. Algo estamos haciendo mal. A pesar de esto, debo reconocer que no tengo visto Tablas sin agua. Será porque soy un afortunado, pero en mis dos visitas (la primera en el 40 aniversario y la segunda ya con el proyecto) encontré las Tablas en un estado aceptable: la primera, tras una sequía durísima, pero ya con ambos ríos corriendo, y la segunda tras otra sequía, algo más suave, y sólo con el Guadiana -el Gigüela correrá más adelante, probablemente. No tengo esa visión desoladora del Parque, más allá de los testimonios, en muchas ocasiones conmovedores, de quienes viven por y para un Parque que, a veces, parece escapárseles entre los dedos.


Porrón pardo (Aythya nyroca) y Cerceta pardilla (Marmanoretta angustirostris) 
en la Laguna de Aclimatación.

Como estos meses hemos encadenado una racha larguilla de borrascas, insistí mucho en visitar Tablas esta primavera, consciente como soy de que, si bien sabía que en aquel momento había agua, no podía asegurar que fuese a haberla en otro momento. De hecho, desde el principio barajé la posibilidad de que Tablas no llegase a ser visitable durante el tiempo que durase el proyecto. Gajes del oficio, vaya. Por desgracia, no andaba particularmente bien de tiempo, así que, nada más llegar de Picos (doce de la noche, tras cuatro días y muchos kilómetros), hice de tripas corazón y le pedí a mi padre que fuésemos a la mañana siguiente a Tablas, porque o era ese día, o no era. Pocas veces en mi vida me costó tanto levantarme como esa mañana, y menos mal que no me dejó conducir. Pero eran las siete de la mañana y nosotros salíamos de su casa en dirección a Daimiel. 


El taray (Tamarix gallica) es la especie arbórea más característica de las Tablas.

Como comenté antes, Tablas es un Parque pequeño y poco visitable: la mayor parte de la superficie es directamente intransitable a pie -aunque las barcas tradicionales, similares a las de L'Albufera, pueden recorrer las zonas inundadas con fines de gestión e investigación-, y gran parte de las orillas tampoco están preparadas para el tránsito. Todas las rutas -en su mayoría, sobre los caminos de tableado, que son una de las imágenes típicas del Parque- discurren por la zona sureste de las Tablas, aunque en un punto bien elegido, entre la entrada del Guadiana (que queda un poco al sur de los caminos) y la del Gigüela (un poco más al norte). Decidimos empezar por la Laguna de Aclimatación, una estructura artificial y cerrada en la que se mantiene la colección de patos del Parque y que se emplea como paso de semilibertad para los especímenes que van a ser liberados. Tras un buen rato sacando fotos a los patos, comenzamos la verdadera visita por uno de los caminos más emblemáticos, el de la Isla del Pan. Por desgracia, aunque había agua, no había mucho que ver, aparte de carrizo. Algunos pájaros sueltos andaban por la zona, pero menos de lo que había esperado, para ser sincero. Esto va bastante de la mano con los comentarios que llevo una temporada recibiendo acerca de que los pájaros están otras lagunas, especialmente en la de Alcázar de San Juan, en lugar de en Tablas, por una serie de motivos, unos más naturales que otros. Las Tablas tardan un poco en recuperarse tras una sequía, y quizás fuimos pronto, aunque mi padre cree que, si las cosas no cambian, las aves no tardarán en volver, y me parece que algo sabe del asunto. Seguimos en dirección a la Torre de Pradoancho, aunque no llegamos a la misma. El Guadiana, aunque estaba remontando los tablazos, aún no había llegado hasta esta zona, y el cauce del Gigüela aún no está corriendo, como ya mencioné, así que la parte norte de los senderos todavía estaba seca y, salvo por un lejano aguilucho lagunero (Circus aeruginosus), vacías. Como no había mucho por ver, echamos una ojeada al Centro de Visitantes y al Centro de Interpretación del Molino de Molemocho y dimos por terminada la visita.


Las barcas de Tablas están basadas en las de L'Albufera.

Y ahora llega el momento de cortar trajes. En primer lugar, a pesar de que en el momento, esta visita me decepcionó, lo cierto es que no considero haber perdido el tiempo. Puede que la fauna no estuviese al alcance, pero desde el punto de vista de quien, aparte de enseñar, quiere comprender los Parques, fue una visita muy instructiva. La situación hídrica -el Guadiana corriendo y remontando, el Gigüela seco- me permitió acercarme más al funcionamiento de este sistema, por ejemplo, y entender el tipo de variaciones que se pueden esperar en dos ríos con tipos diferentes de agua y que no van sincronizados. Tuve ocasión también de plantear próximas visitas -tengo grandes esperanzas puestas en el año que viene-, valorando el estado y situación de los hides públicos y mis opciones de ver aquello que esta vez no pude. También me dio qué pensar acerca de cómo funciona la avifauna del Parque -que, como digo, es su valor principal- y cómo las variaciones de agua le afectan, directa e indirectamente. O acercarme al Centro de Visitantes, que se encuentra en un estado francamente mejorable - ¿De qué sirve gastarse millonadas en Centros de Visitantes en Parques que ya disponen de ellos si luego no podemos destinar unos pocos miles de euros a mantener los que ya tenemos? -, y el Centro de Interpretación del Molino de Molemocho -que probablemente costó un pastizal, aunque está en buen estado-, que me dejaron con una sensación bastante desagradable. Dejo para el final, aunque quizás es de lo más importante, el tema del público. A pesar de ser uno de los Parques menos visitados (menos de 200.000 personas en 2015, frente a cifras millonarias, como las de Teide, Guadarrama o Picos), la cantidad de gente que fue llenando los caminos y pasarelas a lo largo del día era sorprendente, y nos quedamos horrorizados al ver lo lleno que estaba el parking cuando nos marchamos. Hay que tener en cuenta que el número de visitantes no es relevante por sí mismo, hay que plantearlo frente a la superficie en la que se distribuyen, y recordar que, si 200.000 personas al año en Picos probablemente tengan un efecto muy limitado, en los menos de diez kilómetros de recorridos de Tablas pueden producir un impacto alarmante. Me gustaría hablar más extensamente de este tema, pero creo que esta entrada está siendo ya lo suficientemente larga, y es un tema que requiere más tiempo y algún que otro intercambio de opiniones.


Curruca capirotada (Sylvia atricapilla) en la linde del Parque.

Llegamos al final de esta entrada y de esta serie introductoria sobre algunos Parques. Confío en que haya servido para transmitiros aunque sea una pequeña parte de cómo funcionan y qué podéis ver en los mismos. Como, supongo, habéis podido apreciar, las entradas han sido bastante poco concretas y dejaban grandes huecos, porque creía -y creo- que es necesario dar una visión general de un Parque antes de tratarlo en profundidad. Rellenar esos huecos será nuestra tarea a partir de ahora, y esperamos que nos acompañéis en el camino.








martes, 15 de maio de 2018

Emilio, los araos y las noches en la ría.

Se llamaba Emilio(1). O quizás no, claro, pero le puse nombre accidentalmente, y ahora se llamaba así. Era un inmaduro de cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis), y hace cosa de una semana salió a pescar. Los cormoranes moñudos no son particularmente elegantes volando -es evidente que su diseño corporal no está ideado para eso-, pero debajo del agua son un espectáculo, bucean maravillosamente. Pero esa mañana, aunque Emilio no lo sabía, sería la última. Encontré su cabeza, cortada limpiamente, flotando en el puerto de Sanxenxo. No había visto una red, se enganchó en ella y no pudo escapar. Se ahogó. El dueño de la red, al encontrarle, cortó su cuello para no comprometer la red, y arrojó los restos al agua. Había sido hacía poco, los restos no olían y los ojos estaban intactos. Sobre el párpado medio cerrado, Emilio aún me miraba. Quizás de haberlo encontrado más tarde, de no haber visto esa mirada en la cabeza cortada de un cormorán, hoy no estaría escribiendo esto. Pero me miró y, de algún modo, eso me entristeció hasta límites insospechados.




Como Emilio, muchos cormoranes moñudos mueren cada año de este modo. Si hay una muerte que me asusta de verdad, esa es morir ahogado. Quizás sea porque buceo, y es algo que siempre aletea en mi mente, o quizás porque Ken Follett era excesivamente descriptivo en Los Pilares de la Tierra. No se por qué, pero es una muerte terrible. Compartíamos hace poco en nuestras redes esta entrada del blog Viajando a ver bichos de Íñigo Fajardo, un viejo amigo de la familia, y lo hicimos, no sólo porque creemos que es algo que debe saberse y contra lo que se debe luchar, sino también porque fue una historia que me impactó. Entre la protagonista de la historia de Íñigo y la de Emilio median muchas similitudes y algunas diferencias. Y la principal de estas es que los responsables de la muerte de Emilio no estaban haciendo nada mal(2). Este tipo de muerte no es nada infrecuente entre aves marinas buceadoras y, en el caso del cormorán moñudo, avanza hasta el nivel de vaya, esto es preocupante. Las redes de nylon son difíciles de ver debajo del agua -si sois buzos, lo sabéis, seguramente-, así que los cormoranes van buceando en busca de alimento, las atraviesan y ya no salen.




Hace cosa de una semana, estuve en una charla sobre aves marinas que impartían la SEO y la SGO en O Grove. Con sus más y sus menos, tuvo cosas interesantes y me dio cosas en las que pensar. Y, como buena charla ornitológica en Galicia, se habló del arao común. Porque sí, porque el arao (Uria aalge) es un ave que, por algún motivo, está fijada en el imaginario colectivo del naturalismo en Galicia. Hace décadas era, efectivamente, abundante -la población de Berlangas, en Lisboa, era de varios miles de parejas-, pero de pronto empezó a retroceder. La última pareja nidificante, en Cabo Vilán, dejó de criar hace un año o dos. Los motivos que escuché para la desaparición del arao en Galicia son variados: el cambio global, la degradación del hábitat, el tráfico marítimo, la bajada de población de la anchoa... en fin, una ristra de problemas poco concretos y poco solucionables localmente. Además, la gallega era la subpoblación frontera de una población bastante grande, y los bordes suelen ser zonas en las que las fluctuaciones no son infrecuentes. Pero en esta charla se mencionó algo que era la primera vez que escuchaba: la correlación entre la desaparición del arao en Galicia, la aparición de las redes de nylon y el aumento del número de artes de pesca usadas -consecuencia del abaratamiento del coste. Y dices oh, vaya, tiene sentido. Porque el arao también bucea. Porque las redes de nylon se ven peor que las de fibras naturales. Porque, de pronto, te das cuenta de que el problema de los cormoranes no sólo afecta a los cormoranes. Por supuesto, no es que esta sea LA causa de la desaparición del arao, probablemente sea sólo una de tantas. Pero vamos viendo un problema que no es puntual sobre una especie, sino generalizado sobre un tipo de aves.


Sisargas, uno de los últimos reductos del arao común.

Llegamos, una vez más, al punto crítico. ¿Conservación o desarrollo?¿Justifica "un pajarito" dificultar la vida de los pescadores? Yo, que soy un optimista, siempre creo que debe haber modos de compatibilizar las cosas, pero un número nada desdeñable de gente respondería con un tajante "no". Hace menos de un mes, leí a alguien defender que el Delta del Ebro no podía ser excusa para no utilizar salvajemente el agua del río, porque era más importante mantener una agricultura demencial que proteger a unos pajaritos (hay más cosas, aparte de los pajaritos, en juego, pero esto es un mero ejemplo). Y es esa gente, la que responde con un no, la que cimenta algunas de las decisiones políticas que pagamos caras, como el asunto de la pesca tradicional en los Parques Marítimo-Terrestres. Porque opciones hay, a lo mejor no tenemos una panacea localizada, pero sí tenemos cosas que probar. Se me ocurre que, al menos en aguas de un Parque Nacional, las redes de nylon deberían estar prohibidas. O que el control sobre el abandono de redes (o las multas, si no es posible el control eficaz) deberían ser mayores. O tantas otras cosas. Pero a lo mejor tenemos que esperar a que sólo quede una pareja nidificante de cormorán moñundo para plantearnos según qué cosas.


Y Cabo Vilán, otro de estos reductos.. 

Vayamos ahora a la praia de Fechiño, en Vigo. Pasé muchas noches con mi amiga Ana en esta playa, capturando pulgas de mar para mi Trabajo de Fin de Grado. Cada noche, veíamos no menos de diez barcos navegando junto a la costa. No llevaban luces. Y todos (salvo un par, que estoy convencido de que se pasaron droga) llegaban, soltaban nasas y se iban. Eran nasas ilegales, bien por incumplir la veda, bien por superar su cupo. Y así le va al pulpo, por otro lado. Esa gente existe y, por desgracia, no son pocos. Y, cuando ves el desparpajo y, sobre todo, la impunidad con la que la gente se salta las normas sobre algo que, en definitiva, les beneficia a ellos (lo crean o no), no puedes evitar preguntarte, ¿qué no harán cuando la norma sea para proteger algo que ni les va ni les viene o, incluso, les perjudica?¿Qué acatamiento puedes esperar cuando hay quien se salta las restricciones -por no hablar de las normativas de seguridad marítima- con esa naturalidad? La impotencia que te invade en esos momentos es, sencillamente, descorazonadora.


Los cormoranes no tienen plumas impermeables, por eso se secan al sol.

No pretendo convertir esto en un alegato contra la pesca. Estoy seguro de que hay muchos pescadores escrupulosos en el cumplimiento de la ley, y que están dispuestos a modificar su actividad para proteger el medio ambiente (altruistamente o no). No me cabe duda de que hay pescadores que, cuando en sus redes cae un cormorán, lo lamentan. El problema no son ellos. El problema son los otros, y el problema es que, ni legislamos en la dirección adecuada, ni tenemos medios para hacer cumplir la legislación que tenemos. Mágoa.




Pero no hay que rendirse. Hay muchos grupos, asociaciones, etc que luchan por un mar más racional. Espero que esta entrada, por limitado que sea su alcance, sea un pequeño grano de arena para que llegue un momento en que no haya más Emilios de los que hablar. Lo espero de verdad.

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(1)Emilio recibió su nombre por Emilio Rodríguez, amigo de la familia al que ya mencioné en pasadas entradas, primer director de Illas Atlánticas y una de esas personas que disfrutaban tirándome a la piscina cuando me ponía pesado.
(2)Quiero decir que no tienen por qué. Esa red podía ser legal o ilegal.
(3) Pensaba que tenía fotos de arao común de Irlanda, pero al final resulta que todo es arao aliblanco (Cepphus grylle) y alca común (Alca torda). Aunque casi mejor, no hay casi nada decente en esa serie. 

venres, 4 de maio de 2018

Una semana movida - Sierra de Guadarrama

Es la segunda vez que escribo esta entrada. Espero que Blogger no vuelva a apuñalarme vilmente por la espalda dar problemas, y esta sea la vencida. También decidí aligerarla un poco, porque es cierto que la primera vez me costó hilarla y terminarla, y me dejó una sensación de entrada pesada y farragosa, que no es lo que pretendo. Así que, ahora que se qué quiero decir, puedo quitar aquello que no pinta demasiado (hoy) y centrarme en la primera de las visitas de esta Semana Santa: el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.


La Maliciosa recibe su nombre por los peligrosos bancos de niebla 
que se forman en su cumbre.

El Guadarrama, que en su acepción más amplia y coloquial reúne las montañas occidentales de Madrid, tuvo siempre un hueco en el imaginario popular de la ciudad, donde a día de hoy sigue hablándose de la Sierra como si no hubiese otra en el universo. Aunque la relación de Madrid con su Sierra no siempre ha sido buena -durante siglos, los aires de la Sierra eran considerados peligrosos e insanos-, sus historias han estado muy ligadas. Su condición de barrera natural ha condicionado buena parte de esta relación, y pasar la Sierra fue durante siglos una aventura. El desplazamiento de la Corte hasta el Palacio de la Granja, en el valle de Valsaín, por ejemplo, era toda una peripecia, aunque no tan peligrosa como los viajes de grupos más pequeños, que debían atravesar unos montes plagados de bandoleros. O podríamos pensar en el Guadarrama como escenario bélico, con Napoleón dirigiendo a pie el paso por un Alto del León sacudido por una tormenta de nieve, o la durísima Batalla de Guadarrama, inmortalizada por Hemingway, clave en la Guerra Civil. Porque Guadarrama, cierto es, enviaba aires cargados de frío a Madrid, pero también protegía aproximadamente la tercera parte de su acceso. A pesar de eso -o, en realidad, siendo eso una consecuencia-, Guadarrama mantuvo durante siglos un aura de montes salvajes y desconocidos, una tierra inexplorada y peligrosa en medio de la meseta.


El pino silvestre es una de las especies más características del Parque.

Cuando, tras el Desastre del 98, ciertos intelectuales llamaron a "reconquistar las montañas", se plantó la semilla de lo que florecería bajo el impulso de Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza. Esta institución, entre sus muchas aportaciones, inició lo que hoy se conoce como guadarramismo, una corriente que buscó explorar el Guadarrama, armada con curiosidad científica, para sacarlo de siglos de oscuridad. Buena parte de lo que hoy sabemos sobre el Guadarrama se lo debemos a aquel impulso y a quienes, con ese entusiasmo tan propio de la época, se echaron al monte armados de cuadernos y botes para saber qué había en aquellos peñascos.



Primera experiencia con Raquetas. Podría acostumbrarme a esto.

Guadarrama es un Parque de alta montaña mediterránea. Aunque el visitante pueda no percatarse en el momento, su altura es comparable a la de Picos de Europa, con sólo 200m de diferencia entre las cumbres más altas de uno y otro. Sin embargo, la ubicación de Guadarrama, sobre la meseta central, lo que sitúa el pie de monte entre los 600 y los 800m, según la submeseta en la que nos encontremos, y su carácter granítico, hacen de Guadarrama una formación más suave que otras, lo que reduce la sensación de altura que dan otros Parques. Pero Guadarrama mide lo que mide, algo que podemos apreciar sin dificultad en los restos de glaciarismo, especialmente en algunos circos muy bien delimitados, que se conservan en la zona. Juega aquí en favor de Guadarrama la dureza de sus materiales, que le permite conservar estos restos mejor que montes más blandos. También la fauna, especialmente en las zonas altas, nos recuerda su altura real, encontrando en este Parque un reducto glaciar en el que especies reliquia sobreviven al retroceso de los hielos de los últimos miles de años. Esta suma de factores -y otros que pretendo analizar sosegadamente en otra ocasión- propiciaron la declaración del Parque en 2015. 


La mariposa Apolo es un ejemplo de especie glaciar. 
Guadarrama es uno de los puntos aislados en los que la encontramos.
Foto: Pablo Pereira Sieso

Esta primera visita a Guadarrama estuvo muy condicionada por una serie de circunstancias. La primera, inevitable, fue una serie de borrascas en las semanas previas, dejó el Parque cubierto de nieve. Por motivos que contaré en otra entrada, Guadarrama tiene unos accesos en coche muy limitados, y estas nevadas nos impedían hacer rutas a pie, que son el mejor modo de conocer Guadarrama. La nieve también limita mucho la fauna y la flora que puedes ver. La segunda, sólo relativamente inevitable, es que hicimos la visita en el único día que podíamos, aunque al final hizo un día precioso. La tercera, completamente evitable, es que tardé tres minutos, durante la primera parada, en resbalar, caer y partir a la mitad el tele, obligándome a tirar con el objetivo corto toda la visita. Dramático (más teniendo en cuenta que tres días después salía de viaje), pero puestos a ello, no podía haber sido en mejor momento, ya que ese día casi todo lo que podíamos hacer era sacar paisajes, y obligarme a usar el corto me permitió centrarme en eso, aunque a costa de eliminar cualquier opción de sacar cosas más detalladas. Son cosas que pasan. Tuvimos que adaptarnos a las circunstancias e hicimos lo que estuvo en nuestra mano.



Cumbre, Circo y Lagunas de Peñalara, gérmen del Parque Nacional.

Salimos pues una brillante mañana de Marzo, con un cielo azul espectacular, desde la casa de mis padres, en Galapagar. Buscando recorrer todo el Parque posible -sobre todo teniendo en cuenta la ya mencionada limitación por la nieve-, subimos hacia Navacerrada, con la panorámica de la Maliciosa, las Guarramillas (conocidas por casi todos como la Bola del Mundo) y Siete Picos ante nosotros. Es probablemente una de las vistas más reconocibles de Guadarrama, y desde luego la que tengo yo en la mente. Una vez llegamos al puerto de Navacerrada, giramos en dirección a Cotos, ya que el Pinar de Valsaín, aunque protegido junto al Parque, no es parte efectiva del mismo, vaya usté a saber por qué, así que fuimos dejándolo a la izquierda, donde aparece por primera vez la cumbre más alta del Parque, Peñalara. A nuestra derecha fuimos dejando la Bola del Mundo, donde se encuentra la estación de Valdesquí. Al llegar a Cotos, a pesar de que contábamos con parar, tuvimos que seguir, ya que estaba abarrotado -como siempre cuando la nieve y las vacaciones les coinciden a los madrileños-, así que comenzamos a bajar el Valle del Lozoya, al que no voy mucho porque me pilla muy a desmano, pero que es precioso. Poco a poco, los pinares (como el de los Belgas, en El Paular, que se encuentra en la misma situación y el mismo vaya usté a saber por qué que Valsaín) fueron dejando paso a los prados de siega donde la mariposa hormiguera oscura completa su particular ciclo -del que también hablaré otro día. Llegados a Lozoya, giramos para subir al Puerto de Navafría, al que tenía bastantes ganas porque era de los pocos sitios que no conocía. Pero, nuestro gozo en un pozo, no fue posible: una mezcla de nieve (de nuevo) y un aparcamiento atestado nos impidieron parar y nos obligaron a bajar varios kilómetros en dirección Segovia antes de llegar a un sitio en el que poder dar la vuelta. Fue una rabia, si os soy sincero, porque tiene pinta de tener unas cuantas salidas interesantes, así que tendremos que volver. Qué suplicio. Cerrada esa vía, deshicimos parte del camino para subir el Puerto de la Morcuera, final de nuestra visita y del Parque. Más paisaje, más nieve, pero esta ruta tiene su punto especial: una panorámica en la que se ven algunas de las cumbres más importantes del Parque, bien alineadas. Parada final en el propio Puerto, respirar hondo y de vuelta a casa. 


Mi padre es el mejor ejemplo de guadarramismo que conozco:
 Siempre tiene un dato que dar sobre la Sierra.

La verdad es que no fue una gran visita. No me malinterpretéis, me lo pasé bien y disfruto mucho de los paisajes y la nieve, pero conozco bien Guadarrama, se qué puede dar de sí y no lo dio. Mágoa, decimos por aquí. Sin embargo, sí hay cosas positivas que extraer. La primera es que me permitió marcarme mentalmente los límites del Parque, que no tenía muy claros. También tener un número interesante de fotos de paisaje y, sobre todo, sacar información valiosa a mi guía nativo cara a futuras visitas. Volveré, claro -es un Parque que tengo muy fácil visitar-, con intención de aprovechar algunas de las rutas de senderismo que ofrece Guadarrama, que son muchas.


Uno de los muchos arroyos que, alimentados por la nieve, cortan el Valle del Lozoya.


De izquierda a derecha, las Cabezas de Hierro, la Bola del Mundo,
 el Puerto de Cotos y Peñalara.

Intentaré seguir con el material de Semana Santa en estas semanas, porque hay mucho que contar. Espero que mis no-horarios den una tregua para poder seguir enseñándoos todo lo que tuve oportunidad de ver. También os recuerdo que podéis encontrarnos en Facebook como The National Parking Project, en Instagram como @NationalParkingProject y en Twitter como @NatParking. ¡Búscanos para no perderte nada!

Keep Parking!



mércores, 11 de abril de 2018

Una semana movida - Picos de Europa



Tenía abandonado este blog. No por falta de ganas -los blogs siempre fueron mi red favorita, a pesar de sus carencias- sino de material, sobre todo gráfico. Para que os hagáis una idea, tengo dos entradas redactadas a falta de fotos (una de ellas, rebasada por esta y que no llegaré a publicar). Aquellos que me seguís en Instagram seguramente os hayáis dado cuenta de que llevo unos meses con una cierta desesperación, precisamente, por la falta de material. Monfragüe, Illas, Illas, Monfragüe... ¡mi madriña, si me aburría yo, no quiero pensar vosotros! Era un problema con el que contaba encontrarme, claro, pero a pesar de ello, cuando llegó esta Semana Santa, salté sobre mi oportunidad de ampliar el número de Parques de los que tengo material. Estaba claro que Picos de Europa entraba en el pack, pero pude añadir, finalmente, dos visitas bastante express (y la verdad es que bastante completas para lo que había que ver en ese momento) a Guadarrama y Tablas. Y así, gracias a sacrificar horas de sueño y bienestar físico en el altar de conseguir lo que uno quiere, tengo material suficiente para sobrevivir una temporadita y escribir varias entradas. Guadarrama y Tablas, por supuesto, tendrán sus propias entradas. Picos, por su parte, pretendo dividirla en varias, que iré alternando con otros Parques, ya que fue una visita intensita por ambientes diferentes y pretendo ahorraros el tostón infumable que sería meterlo todo en la misma entrada -y editar las fotos correspondientes en una tanda, no voy a mentiros. Hoy voy a esbozaros un poco sobre el Parque, la preparación y el viaje, y en próximas entradas iré un poco más al detalle. Som-hi!

Fuente Dé es una de las zonas más abrumadoramente verticales del Parque.

Este viaje tiene, como todos, un inicio. Lo que pasa es que el de este fue muy poco novelesco. Sabía que quería visitar un Parque en Semana Santa. Sabía qué días debía ser (grandioso descubrimiento del año pasado). Y ya. Así que me puse a pensar y a descartar destinos por diversos motivos hasta reducir la decisión a dos: Canarias (Timanfaya-Teide o Garajonay-Caldera, que en realidad harían tres, pero caían en la misma categoría) o Picos. Y entonces empezaron a ir mal las cosas. Lo primero, Irene, que iba a acompañarme, se lesionó (¡ponte buena pronto!). Luego, me costó horrores encontrar quien la sustituyese, hasta que apareció Olalla, a la que debo agradecer poder redactar esta entrada. Tras una discusión besuguera (a ambos nos parecían bien ambos destinos), se impuso el factor económico frente al riesgo meteorológico y nos decidimos por Picos. Como, sin duda, estaréis pensando, nos pasamos las semanas previas al viaje lamentándonos amargamente de nuestra decisión mientras, una tras otra, diversas borrascas iban entrando y golpeando el norte de la península. Ahora me río, pero en ese momento me subía por las paredes.

Una carretera lateral del desfiladero de Los Beyos. 
Estas carreteritas a ninguna parte nos dieron la vida.

Cambiando brusca y radicalmente de tema (volveremos al viaje más adelante), Picos de Europa son tres macizos -que reciben los originales nombres de Oriental, Central y Occidental- ubicados en la Cordillera Cantábrica. Tres características explican por qué Picos es como es: ser producto de la Orogenia Alpina (el proceso más reciente de formación de cordilleras, los dinosaurios no las conocieron), ser una zona fundamentalmente caliza y tener una alta pluviosidad, muy relacionada con su cercanía al mar. Estas tres características, traducidas, significan "Montañas altas y poco erosionadas, compuestas de un material sensible al agua y en una zona con mucha agua". Por eso los paisajes de Picos son tan abruptos y cortados, y por eso existen en su seno infinidad de cuevas, galerías y otras formas de relieve kárstico. Fue esta belleza paisajística la que llevó a Pedro Pidal -impulsor de la primera Ley de Parques Nacionales y primer hombre en coronar el Naranjo de Bulnes, del que hablaremos en su momento- a promover la declaración, en 1918, de Montaña de Covadonga como el primer Parque Nacional del Estado, creando el germen de lo que hoy es Picos de Europa. Pero Picos no es sólo paisaje, claro: Una transición de unos 2500m  de altitud entre sus cumbres más elevadas y sus zonas más bajas, un desnivel poco habitual en la península, permite una gradación de ambientes que van desde los bosques atlánticos costeros hasta la alta montaña. También su condición de reducto glacial, es decir, de refugio para especies que llegaron a la península durante alguna glaciación y permanecieron en las zonas altas de las montañas al retirarse sus poblaciones junto a los hielos, que lo convierten en un lugar donde podemos encontrar vestigios de la fauna y la flora que poblaron la península en otra época. Todas estas condiciones convierten a Picos de Europa en un Parque que requiere una buena inversión de tiempo para conocerlo bien.

El Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu es probablemente el más emblemático del Parque.

Picos es un lugar especial para mí. En primer lugar, se trata del segundo Parque que visité, tras Ordesa, y el primero del que guardo recuerdos. En segundo, es el Parque que más veces visité, sobre todo en su vertiente cántabra. Por eso, cuando empecé a planear el viaje, iba un poco sobre seguro. Planteándome que debía empezar este y otros Parques por las zonas fáciles, decidí acceder por las tres provincias que lo conforman. En primer lugar, y usando Potes como base, subiríamos a Fuente Dé y bajaríamos por el camino que desciende desde el teleférico. Al día siguiente, y desde Cangas de Onís, subiríamos a Lagos -madrugón mediante, pues el acceso en vehículo privado está restringido desde las 8 de la mañana- y, si nos daba tiempo, iríamos a Poncebos, la entrada norte del Cares. Y, finalmente, y de nuevo desde Cangas, recorreríamos el desfiladero de Los Beyos hasta Valdeón, donde haríamos un trozo de la Ruta del Cares desde el sur. ¿Sencillo, no? La verdad es que no me parecía mal plan, era variado, sin mucha dificultad, y combinaba roadtrip con algo de senderismo. Un año normal -o una Semana Santa más tardía- podríamos haberlo hecho sin demasiados problemas. Sin embargo, en un innecesario alarde de que nosotros nos adaptamos a la naturaleza, no ella a nosotros, una idea en la que jamás insistiré lo suficiente, la cadena de borrascas cubrió Picos de nieve. Esto nos cerró muchas opciones, y en futuras entradas os contaré más en detalle algunas de ellas, pero sobre todo nos vedaba el senderismo tranquilo, desequilibrando el viaje hacia una roadtrip bastante más pura. Pero, como no hay mal que por bien no venga, eso nos permitió visitar más sitios de los que pensábamos y dotó de un componente espectacular el paisaje que nos rodeaba. Lo que sí es cierto es que, si bien llegamos tras una cadena de borrascas (y al marcharnos entró otra), los días que estuvimos en Picos disfrutamos de cielos azules y temperaturas de hasta 25 grados lo que, ríos espontáneos en la carretera aparte, fue una auténtica gozada, y convirtió esta en la que, probablemente, fue la visita que más disfruté a este Parque. Espero que las fotos que acompañan esta entrada sirvan para abrir boca para las entradas que están por venir.

La Garganta del Cares tiene una fama bien merecida.


Quiero terminar la entrada agradeciendo a Olalla Piñón haberme acompañado a este viaje, aguantar mis manías, hacer fotos mientras conducía (la primera foto es suya, de hecho) y discutirme por todo. Fue todo un placer.

Keep parking!

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Quiero aprovechar esta entrada, que quedó cortita, para recordaros que The National Parking Project es un proyecto multiplataforma y que podéis encontrarnos en Facebook e Instagram, donde podéis seguirnos. Bueno, sobre todo en la última, no voy a engañaros. Tenía -y tengo- intención de seguir ampliando a otras redes, comoTwitter o Vero, pero prefiero ir con calma a hacerlo rápido y mal. Sobre el canal de YouTube, al que tenía bastantes ganas, una serie de problemas técnicos me obligan a posponerlo sine die. Así que ya sabéis, suscribíos al blog y seguidnos en nuestras redes para no perderos nada.