martes, 16 de xaneiro de 2018

Lo que no vemos.

Hace unos meses, estuve haciendo el curso de Guías de Parques Nacionales, impartido por el CENEAM en colaboración con los quince Parques. Creo que ya lo había mencionado, al menos de pasada, pero vuelvo a ello para hablar del tema que nos ocupará hoy. Este curso consta de una fase general, común a todos los Parques, y de una específica, propia de cada Parque. Esta última fase se divide, a su vez, en una parte teórica y otra práctica que, en el caso de Illas Atlánticas, que fue donde hice el curso, consistía en unas visitas a las islas para fijar lo visto en la teoría y diseñar algunas actividades. Aunque me lo pasé como un enano -¿Qué le voy a hacer? Soy un enamorado de ese Parque-, algo que seguramente os cuente más adelante, allí estábamos para trabajar y aprender. Como, supongo, todos, había cosas que ya sabía y cosas que no, pero la valoración conjunta es bastante buena.

La gaviota patiamarilla (Larus michaellis) es una de mis especies fetiche.

Pero a lo que nos ocupa, llegó el tercer y último día, en Cíes. Hablaba Vicente Piorno, entre los eucaliptos del extremo sur de Monteagudo, cerca del Lago dos Nenos, haciendo las veces de chamán de la tribu instruyendo a los papooses. Y sacó un tema preocupante que tiene, y no poco, que ver con la aparición de este espacio (el NPP). Los Parques Nacionales, nos contaba, tienen muchas veces problemas para transmitir al gran público su riqueza. Y no hay mejor ejemplo -así lo puso él, mientras yo asentía hasta dislocarme el cuello- que Doñana. Cuando un turista llega a Doñana, ¿qué espera ver? Debo decir que, desde ese día, le hice esa misma pregunta a varias personas y todas respondieron lo mismo que se auto respondió Vicente aquella mañana. ¿Qué esperaría ver el lector si va a Doñana?

El cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis)sigue siendo tímido, 
pero cada vez es más fácil verlo de cerca.

La respuesta, claro, es "lince ibérico". El lince ibérico (Lynx pardinus) es la insignia del Parque, desde hace años y, en consecuencia, un porcentaje nada desdeñable (no me la voy a jugar augurando una cifra, pero más por no tener que retractarme que por falta de convencimiento) de las informaciones sobre Doñana incluyen al lince en algún punto. Da igual que hables de algo que no tiene absolutamente nada que ver con el lince, aparece mencionado. Y, por supuesto, los visitantes van y esperan ver linces. Y se decepcionan. El lince es difícil de ver en libertad. No tengo claro haber visto uno yo, que me pasé años recorriendo con mi padre el Parque en Land Rover, no te quiero decir el turista medio. Que no es imposible, ojo, sólo muy improbable. Primero, porque son pocos. Segundo, porque se mueven poco. Y tercero, porque son, básicamente, crepusculares. Los puntos dos y tres podría haberlos resumido en un "porque son gatos". Hay, claro está, visitantes que pudieron verlos, así como fotógrafos que, con insistencia y buenas (espero) artes, terminaron por conseguirlo. Incluso hay empresas de hides que permiten esperarles en lugares donde las probabilidades son mejores. Pero son los menos.

Este es mi señor padre, poniendo una cámara de fototrampeo. Estaba mozo de aquellas.

De los 300.000 visitantes que pasaron por Doñana en 2015, ¿cuántos esperaban ver lince ibérico?¿Cuántos lo vieron efectivamente? Muchos de ellos se fueron de Doñana con el mal sabor de boca de no haber visto lo que había que ver, influyendo esto negativamente en la satisfacción con la visita y, por tanto, en la imagen pública del Parque. Esos visitantes probablemente sí vieron los humedales (lagunas, marismas) que fueron la causa de la declaración del Parque Nacional, seguramente visitaron uno de los poquísimos sistemas dunares completos de España, y puede que incluso viesen la llegada de los ánsares. Pero no vieron lince, así que la visita quedó incompleta.

Aurora y Poleo en una cámara automática. 

La culpa de esto es, al final y como de costumbre, compartida. Es cierto que muchos visitantes no se preparan la visita con la profundidad necesaria -no es una crítica, yo muchas veces voy a ver qué encuentro. También que la prensa tiene tendencia a entrar en bucles de los que es difícil sacarla, y su impacto en la opinión pública o, en este caso, en las esperanzas públicas, es grande. Pero aquí entran los propios Parques, no como administración, sino como concepto amplio que engloba a esa administración, a sus trabajadores, a las empresas que trabajan en la zona, a los ayuntamientos, en fin, a todos aquellos que están en el ajo. Son ellos quienes, por un lado, tienen la información necesaria y, por otro, más ganan con que el visitante se marche satisfecho. Y son ellos, por tanto, y aunque tengan menos alcance que la prensa, quienes deben poner en valor el patrimonio del Parque y ofrecer unas perspectivas realistas de qué puede esperar y qué no el visitante. No se trata, ojocuidáo, de una crítica, un ataque. Como ya dije, considero que es una culpa compartida, y que todos somos responsables de hacer nuestra parte y hacerla bien.

La ortiguilla (Anemonia sulcata) es una anémona frecuente en las costas gallegas. 
Al quedar fuera del agua no es capaz de encapsularse, así que forma una especie de alfombrado.

A nadie se le ocurriría -bueno, miento, sí, a bastante gente- visitar el Louvre, ver la Mona Lisa y marcharse. O llegar al Prado, ver Las Meninas y no seguir. Nadie concibe ir a un concierto de Springsteen, escuchar Born in the USA y volverse a casa. Nuestros viajes no deberían ser diferentes. No debería pasársenos por la cabeza visitar un lugar y volver habiendo visto sólo lo del cartel. Si lo vemos, claro. Nuestros Parques tienen mucho que enseñar, mucho que contar. Fauna, flora y paisaje, sí, pero también historias de sus pobladores. Y todo eso tiene valor, salga o no en el cartel.

Un lagarto ocelado (Timon lepidus) quedándose muy quieto al borde del 
camino para pasar desapercibido. No funcionó.

Mencionaba en la entrada anterior que, muchas veces, nos quedamos mirando lo que creemos que debemos mirar mientras hay maravillas pasando a nuestro lado. Fotografiando a aquel herrerillo extremeño, yo me acordaba de Vicente, de Cíes y de Doñana, como espero que se acuerde el lector la próxima vez que tenga la suerte de ver aquello que no sabía que debía ver.

Se estaba haciendo la dormida, lo juro. Pero pude pillarla con las manos en la masa.


1 comentario:

  1. Lo mejor es llevar la mente abierta a disfrutar de todo.
    La primera vez que visité Doñana, en el año 1984, puedo decir que no vi más que un ciervo cojo a lo lejos, la marisma estaba seca...pero a mi me pareció un lugar apasionante, y me enfadaba con los que criticaban la visita decepcionados.
    En 1987, tuve la suerte de empezar a trabajar allí, y tuve también el privilegio de comprobar que Doñana tenía muchas más cosas además de aquel ciervo lejano y cojo. Pero sobre todo supe que lo más importante para que una visita se aproveche y disfrute, es la actitud.
    Puede que fuera bueno tratar de inculcar una actitud positiva frente a lo que se ve, más que tratar de instruir con conocimientos acerca de lo que se espera ver.

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